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Fina en el pueblo de Fonoll

Fina tiene 79 años y hace cinco lo dejó absolutamente todo. Al morir su marido, vendió su piso, recogió todas sus pertenencias y se fue de Barcelona a vivir a El Fonoll, un pueblo de la Conca de Barberà, en Cataluña, que además es el único pueblo naturista en todo el país.

De joven se dedicaba a la taxidermia, disecaba animales y los vendía a particulares y amigos. Aprendió ese arte por correspondencia y acudiendo a clases con los mejores profesionales del momento. Incluso había personas que le pedían la reconstrucción de sus difuntas mascotas. Su pareja era quien los cazaba y aunque Fina también iba de caza, según ella misma explica, lo que intentaba con la taxidermia era mantener algo de vida en el animal, conservar su esencia después de muerto.

“Ser naturista es una forma de vida que llevas dentro, y yo de joven ya lo sentía. Empecé a ir a playas nudistas después de la muerte de mi marido aunque no fue hasta más tarde cuando completé el proceso. Aunque sea un tópico la vida son dos días y uno está nublado. El otro tenemos que aprovecharlo. Esta mosca que está pasando por aquí quizás dentro de un momento ya no está, pero mientras vuela aprovecha su vida”, nos explica a los allí presentes.

También habla de su familia: “Mis padres me tuvieron con 40 años y por suerte mi madre era una mujer muy avanzada para su época y también era una persona muy optimista. Todo lo que soy es gracias a mi madre”.

Una estampa típica de El Fonoll

Fina adora la naturaleza y para ella El Fonoll es lo más cerca que ha estado nunca a una especie de paraíso. Sus habitantes no solo cuidan del ganado, los huertos y de su entorno, también cuidan de los árboles hasta el punto de abrazarlos para recibir su energía.

“Primero les pido permiso y luego los abrazo. Pero solo se pueden abrazar aquellos árboles sanos y los que tienen hojas. Los que no tienen deben reposar para restablecer su energía. Con los años he aprendido muchas cosas: saber escuchar, ser tolerantes y tener amor hacia todo lo que me rodea”.

Fina lleva su carro por El Fonoll junsto a otro de los inquilinos

Su forma de entender el mundo es bastante peculiar. Cada mañana cuando se levanta da gracias al sol, a las piedras y a la naturaleza porque son los que hacen posible nuestra vida. Antes de que anochezca vuelve a agradecer a la Tierra todo lo que nos ha dado.

Fina vino aquí sola y ahora vive en una gran familia. No tiene hijos porque nunca los pudo tener. Tiene una sobrina, de la que dice que es como su hija, pero que nunca la ha visitado al pueblo. “Ellos no son nudistas —explica— y por eso nunca les he pedido que vengan”. Quizás, es esta eufórica visión de la existencia la que la mantiene y la conserva como si tuviese veinte años menos.

Se levanta cada día a las seis y media de la mañana, aunque eso depende según la hora de la salida del sol. Alrededor de las nueve sale de su casa para dar comida a los peces del embalse, día sí, día también. A las once y media, el calor del sol se hace realmente duro y aunque cada día se unte con un ungüento hecho a base de aceite de coco y aceite de oliva, un clima tan duro como el que hay en esta región de Cataluña hace impracticable cualquier actividad por mucho que vayas completamente desnudo. Doy fe de ello porque para entrar a El Fonoll y conocer a Fina, tuve que hacerlo.

Es a partir de esa hora cuando Fina vuelve a su casita para hacer algo de artesanía que luego vende al resto de inquilinos y visitantes ocasionales de la pequeña aldea.

Fina con otra de las inquilinas del pueblo y sus pendientes artesanos

“No estoy jubilada, yo aún estoy trabajando. Hago pendientes y colgantes con elementos de la naturaleza. Reciclo hojas, raíces y piedrecitas. Porque todos los elementos de la materia tienen alma. Incluso las rocas”.

Sobre las siete de la mañana, dependiendo de la época del año, se organizan excursiones de más de una hora a diferentes lugares. Hasta hace dos años Fina caminaba unos 15 kilómetros a diario, hasta llegar a unos pozos que algunos aseguran que son mágicos.

Algunos peregrinos han hecho rituales con inciensos para llenarse de buenas vibraciones. “Hay zahoríes que aseguran que hay una fuerte energía allí y dicen que es capaz que curar depresiones, aunque nosotros no lo promocionamos mucho, porque yo tampoco creo mucho en eso”, asegura Emili Vives, propietario del pueblo.

Fina estuvo un tiempo yendo hasta allí y asegura que aquella energía la llenaba de vitalidad. Sea como fuere, realmente esta mujer rebosa de felicidad.

Fina y su tenderete de artesanía

“Pasé mis primeros dos años viviendo en una caravana, cuando vine por primera vez el pueblo estaba verdaderamente en ruinas. Tiempo después ya pude tener mi propia habitación” explica Fina.

Emili Vives, un empresario catalán, compró la finca por una cantidad bastante significativa de dinero. Tenía un sueño y lo quería cumplir: Construir el primer pueblo naturista de toda España.

Trabajó con sus propias manos para levantar lo que eran unas casas en ruinas. Ahora alquila las distintas habitaciones disponibles, el albergue —con capacidad para 30 personas— y las caravanas que hay repartidas por el territorio.

Él mismo impone sus propias normas y una de ellas es que mientras el clima lo permita la convivencia tiene que ser en desnudo integral. El trasiego de voluntarios en El Fonoll es constante. Emili les ofrece vivienda, comida, luz y agua a cambio de trabajar dos o tres horas diarias en el mantenimiento de las instalaciones. “Aún hay mucho por hacer”, comenta.

Vivir en El Fonoll no implica necesariamente ser vegano o vegetariano. Hay quienes evitan la carne, los procesados o los alimentos provenientes de los animales, pero otros, como Fina que creen que comer carne no es malo en sí.

“No debemos abusar de ella. Se puede vivir sin comer tanta carne ni pescado, pero creo que en general comemos demasiado de todo. Con menos tendríamos suficiente para vivir. Yo me controlo mucho en ese sentido, tengo hipotiroidismo y el hambre no me la quito nunca. Yo estaría comiendo todo el día. Ahora acabo de comer paella, pero si me traes otro plato o algo de postres me lo comería como una bestia”.

La paellada es un evento popular del pueblo de El Fonoll

Su casa es bastante peculiar. Tiene hojas de árboles colgadas por todos lados, plumas de pájaro y recuerdos de sus excursiones. Me invita a pasar por un acceso tan estrecho que la puerta solo dibuja un ángulo de 45 grados. Ha estudiado estratégicamente cómo tiene que hacer pasar su carro de la compra para que se pueda escurrir dentro del agujero sin rallar la puerta.

Colgada encima de su cama tiene un retrato de ella pilotando un helicóptero, un souvenir de Canadá, su viaje más reciente. “Me encanta viajar y últimamente estoy viajando mucho. Ahora me toca a mí disfrutar, he trabajado desde los ocho años y mientras pueda y la salud me acompañe, viajaré. Hace dos años me fui sola a Perú, pero normalmente voy acompañada por algunas amigas. Tengo la suerte de haber podido viajar a sitios donde la gente de mi edad no ha ido, como por ejemplo a China”.

Una de las actividades favoritas de Fina es pasear por la montaña y escuchar a los pájaros cantar. “El otro día escuché una oropéndola joven que aún no le salía el canto. Supe que era de esa especie porque había un adulto que le enseñaba a cantar y el pequeño lo imitaba sin éxito”, dice riendo.

Los miembros de El Fonoll son especialistas en fauna y flora. Incluso tienen grabaciones de los cánticos de algunas aves para actuar de reclamo y ver así los animales integrados en su entorno. Cada pájaro es un mundo y en el Fonoll se pueden ver especies que son difíciles de conocer a simple vista.

Me despido de Fina mientras ella comenta con otros naturistas sus peripecias en el bosque con los pájaros. Me voy de allí con dos ideas claras. La primera es que volveré a el Fonoll aunque tenga que dejar la ropa en el maletero del coche. La segunda es que yo de mayor quiero ser como ella. Su alegría, su energía y su positividad son la envidia de cualquiera. Quizás lo tenga que dejar todo e irme a vivir a la naturaleza, si así soy feliz como lo es ella os puedo asegurar que merecerá la pena.

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